martes, 16 de septiembre de 2014

La diplomacia mexicana durante la segunda guerra mundial Parte 1


Relato escrito por Gilberto Bosques, memorias de su estancia en la Europa de la Segunda Guerra Mundial. Extraído de documentos de Universidad Autónoma Metropolotana y el texto fue tomado de Gilberto Bosques, coordinación de Graciela de Garay, presentación de Rodolfo Bucio, México, Secretaría de Relaciones Exteriores (Archivo Histórico Diplomático Mexicano. Historia Oral de la Diplomacia Mexicana, 2), 1988, 176 pp.



Gilberto Bosques, diplomático
La rendición francesa 

Al ocurrir la invasión alemana a Francia, mi familia se encontraba en San Juan de Luz, frontera con España. Yo estaba en París. De ahí salí para el sur, cuando los alemanes estaban prácticamente en las puertas de París. Salimos en aquella dramática fuga por las carreteras de Francia hacia el sur. El gobierno francés se había establecido en Tours. Ahí estuvimos de paso y yo me dirigí al sur. Tenía, por escrito, amplias facultades para instalar el consulado en el lugar que creyera conveniente.

Me reuní con mi familia en San Juan de Luz y establecí el consulado general en Bayonne. Pero cuando los alemanes ocuparon esta zona me trasladé, con todo el personal, a Marsella. En este puerto establecimos el consulado general para desarrollar el trabajo más importante que habría de venir.

Phillipe Petain, Jefe del Estado Francés 1940-1944 
Se produjo la derrota de Francia, tras la ocupación militar de París por los alemanes. Luego el gobierno de Reynand, que fue algo así como una broma política, y la rendición con Petain. Petain asumió el carácter de jefe de Estado y se habló entonces del síndrome de Montoire. La colaboración con el vencedor. Petain quiso hacer creer que ese sacrificio era en bien de Francia, para defender, en lo posible, la integridad de la nación. Por la misma condición en que encontró el gobierno, subordinado, derrotado, humillado, el mariscal Petain no podía ejercer realmente un gobierno, ni siquiera en defensa de las poblaciones, de las colonias, de lo que quedaba del ejército ya rendido, desorganizado; es decir, los órganos gubernamentales estaban anulados. El ejercicio del gobierno, por parte de Petain, consistió en nada, era una figura nada más. La autoridad la ejercían los alemanes. La autoridad alemana se ejercía en Vichy, a través de Laval, que era adicto, subordinado, obediente a los alemanes; casi siempre estaba en Berlín recibiendo órdenes. Él era el único poder.

Petain resultó la figura del vencido. Llegaba muy tarde al palacio de gobierno, en el parque central de Vichy, donde algunos ancianos hepáticos, dos o tres, esperaban en las bancas a que saliera el mariscal para aplaudirlo, con aplausos muy tenues. Con eso se conformaba Petain. Nada pudo ejercer, y se sometió completamente a la autoridad alemana.

Defensa de mexicanos

En esas circunstancias, tuvimos que recurrir a medidas extremas para la defensa de los mexicanos. Por ejemplo en el caso de un señor Béistegui, hijo del que fuera ministro de México en París y Berlín, durante los últimos años del porfiriato. Béistegui hijo fue aprehendido sin más y llevado a prisión sin explicación alguna. En su auxilio, resolví clausurar las visas para los franceses, medida que el gobierno francés estimó como muy grave, porque esos casos se deciden de gobierno a gobierno, o al menos por instrucciones del gobierno a la misión diplomática. Pero como la jurisdicción del cónsul se cifra especialmente en el auxilio de los mexicanos, resultaba un caso que correspondía al consulado. Hicimos todas las gestiones necesarias para llegar a un arreglo, a fin de que el señor fuera dejado en libertad si no había cargos concretos comprobados en su contra. Como ninguna de estas cosas quisieron conceder, tuve que tomar la medida extrema de clausurar la expedición de visas para los franceses.
Petain con Adolfo Hitler Octubre 1940

Se presentaron algunos problemas. Había franceses radicados en Guadalajara y en otras partes, que en ese momento estaban en Francia y no podían volver a México. La Secretaría me apoyó completamente en la medida. El gobierno francés recurrió incluso a cierta oferta de gasolina y otras tonterías. Sostuve mi actitud. Ese señor fue tratado con mucha crueldad. La mujer estaba enferma de tuberculosis y murió. A Béistegui le permitieron asistir, con guardia, al entierro. Luego de poner en un sepulcro a su señora, lo regresaron de inmedianto a la prisión. Ante esos hechos creí que era procedente tomar una medida de esa naturaleza. Algunos residentes en México hicieron grandes gestiones para que se diera, por excepción, alguna visa. No se dio ninguna hasta que fue puesto en libertad el señor Béistegui, libre de toda culpa. Entonces se reanudó el servicio de visas para los franceses.

Acreditación del gobierno del Estado Francés como Cónsul del Estado Mexicano para Gilberto Bosques


Otro trabajo importante lo tuvimos con los mexicanos de origen libanés. En Líbano había muchos libaneses que tenían pasaporte mexicano. Habían regresado definitivamente a su país, pero en las circunstancias en que estaban les servía mucho el pasaporte mexicano. Iban a El Cairo a renovar su pasaporte, y de acuerdo con las disposiciones generales seguían siendo mexicanos. A muchos se les llamó y se les retiró el pasaporte, porque tenían su documentación libanesa en forma y habían de hecho renunciado a la nacionalidad mexicana. En el Cercano Oriente, en esos momentos, la situación presentaba un problema muy serio de coloniaje. Estando Francia ahí, mi jurisdicción llegaba hasta allá, y a los que fue necesario auxiliar se les auxilió, porque eran perseguidos. En esos casos nosotros los apoyamos como si fueran mexicanos, a sabiendas de que algunos ya no lo eran, pero necesitaban asistencia, auxilio, protección, y se les dio.

Algunas gestiones para el auxilio de los judíos mexicanos se iniciaron a través del consulado general de México en Hamburgo, a cargo del cónsul Alfonso Guerra. En aquellos tiempos, es decir, en el año 39, se exigía a los judíos que pedían su salida y tenían autorización de visa mexicana, un compromiso o declaración de parte del consulado de México asegurando su regreso. Era una formalidad, que no correspondía con la actitud del gobierno de Hitler, porque no tenían interés en que regresaran. Pero autoridades inferiores exigían el requisito. Nos pusimos de acuerdo con el cónsul Alfonso Guerra para salvarlo

Los albergues en Francia

Las medidas tomadas para auxiliar a los refugiados españoles pronto resultaron insuficientes ante la enorme afluencia de exiliados. El consulado arregló con la prefectura de Marsella el arrendamiento de dos castillos, los cuales llegaron a ser de hecho recintos de asilo.

El castillo de la Reynarde era una gran propiedad, de extensión enorme, que sirvió para que acamparan las fuerzas inglesas. En su estancia instalaron las barracas, que más tarde aprovechamos. Después de los ingleses, ocuparon el castillo las juventudes de Vichy, fascistas naturalmente, que destrozaron todo lo que había. Tuvimos que reparar el castillo. Obtuvimos autorización de la prefectura, y de los propietarios, para cultivar ciertos campos. Había rebaños, un bosque donde se cortaba leña y de la bodega del castillo se hizo un teatro. Para el castillo de Montgrand también hubo que pedir autorizaciones y hacer los arreglos del caso.

Entrada del Consulado General de México en Francia

Así, se instalaron dos campos de refugio en dos barrios de Marsella, Mennet y Sulevin, en donde tuvieron abrigo y protección aquellos hombres que corrían grandes peligros. En el castillo de la Reynarde había de 800 a 850 personas, que tenían todo lo necesario. A juicio del cuerpo consular de Marsella, ello representaba un ensayo importante de protección organizada para refugiados. Había universitarios, magistrados, literatos, hombres importantes y también había trabajadores del campo y del taller. Todos llegaron ahí a protegerse, a buscar abrigo, con el ánimo completamente caído. Para levantarles el espíritu se organizó una orquesta, se montó un teatro, se organizaron juegos deportivos y esos hombres recobraron el buen ánimo. Las fiestas eran muy alegres. Se improvisaron representaciones teatrales como La zapatera prodigiosa de Federico García Lorca, y algunas otras obras de dramaturgos españoles. Además se efectuaban ballets. Los albergues también contaban con bibliotecas, talleres, enfermería y casa de exposiciones de arte.

En el castillo de Montgrand había unos 500 niños y mujeres. Tenían buena alimentación, en lo posible con dieta especial, bastante buena, que incluso los franceses no disfrutaban; campos de recreo para los niños, un cuerpo médico de pediatras muy capacitados y su escuela. Existía un ambiente de regocijo, de recuperación mental y física para las mujeres rescatadas de los campos de concentración. Finalmente, se operó una transformación adecuada de todo aquello. Se respiraba esperanza, tranquilidad y optimismo.

Bosques patio comida e1398761104900 Las fotografías de la guerra civil y el exilio
Alimentos a refugiados en el Castillo Reynard
Para prestar esta ayuda fue necesario echar mano de un cuerpo de empleados auxiliares. En las oficinas centrales había 30. Una dirección de salud, a cargo del doctor Luis Lara Pardo. Obtuvimos de las autoridades francesas los permisos para que la atención médica se diera a domicilio en pensiones y hoteles, donde había refugiados españoles. A éstos se les pagaba el hotel y se les daba una pensión de acuerdo con el número de sus familiares. Se trabajaba también para enviar medicinas a los campos de concentración, y a algunos enfermos en otros departamentos de Francia. El servicio médico contó con un cuerpo de profesionales, principalmente españoles, para realizar esa labor en las dos enfermerías de los albergues de la Reynarde y Montgrand.

Por otro lado, se tuvo que instalar una oficina jurídica para defender a aquellas personas que, por conducto diplomático, el gobierno español pedía la extradición. Para esto contábamos con un abogado francés, que había sido ministro, quien nos prestó grandes servicios, con un desprendimiento y una generosidad muy amplios, respecto de honorarios. Lo ayudaba un cuerpo de juristas españoles distinguidos. De unas diez solicitudes de extradicción que se tuvieron que atender, las ganamos todas.

Luego hubo que establecer una oficina de trabajo, de colocaciones, porque estaban llevando a los españoles a las compañías de trabajo forzado. Se consiguió que las autoridades francesas aceptaran el crédito de esa oficina respecto de la clasificación de trabajo calificado. En esos momentos por la movilización general en Francia se necesitaba mano de obra calificada. Así pudimos proporcionarles ocupación, evitando que fueran llevados a las compañías de trabajo forzado en Francia y Alemania. Asimismo, se estableció el auxilio en general a los internados en los campos, a través de una comunicación especial, porque en los campos de concentración de Francia tenían prácticamente incomunicados a los internos.

La comunicación con ellos era muy difícil, teníamos que buscar vías adecuadas. Cuando lográbamos sacar de los campos a alguna persona, aceptada previamente la autorización nuestra para su viaje de admisión a México, se le trasladaba a un campo de partido, cerca de Marsella. Pero muchas veces ocurrió que no llevaban fotografías para su documentación y los regresaban. Para cubrir ese requisito se estableció un gabinete fotográfico en el consulado, de suerte que allí se tomaban las fotografías y las autoridades no tenían más pretexto para evitar que se les documentara o se les aplazara la visa. 
Memorias de refugiados españoles

A la salida de los prisioneros, el embarque se volvía una empresa muy laboriosa. Hacíamos embarques en Marsella o en Casablanca, en África, para lo cual era necesario trasladarlos hasta allá. Todo eso representaba una acción compleja. También se prestaba auxilio médico en los campos y se mandaban medicinas, a veces acompañadas de ayuda monetaria. Se costeó el rescate de los niños, algunos de los cuales, huérfanos la mayoría, fueron recogidos en los alrededores de los campos, de donde escapaban en condiciones lamentables. En el invierno se recogieron niños que tenían los pies congelados. En los campos algunos de ellos presentaban un estado de preanemia. Se creó en los Pirineos una casa de recuperación para los niños de esos campos. Los cuáqueros dieron todo el personal médico, enfermeras y empleados administrativos. México puso los gastos de sostenimiento. En esa casa, que tuvo ochenta niños, se les curó y trató con alimentación especial, y recursos médicos necesarios.

Como se puede ver, había mucho trabajo. Era un trabajo constante, que no nos permitía ni siquiera los descansos normales. Todos los empleados dieron su contribución, su esfuerzo muy grande, eficiente y meritorio.

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