jueves, 12 de septiembre de 2013

Testimonio de un académico chileno frente a sus alumnos

Juan Gabriel Araya Grandón
Rebelión


Aunque sea un pálido reflejo de los fatídicos acontecimientos que ocurrieron en Chile, a partir del 11 de septiembre de 1973, escribo este breve testimonio para dar cuenta del trato inhumano de las fuerzas golpistas de aquella época.

 El día 13 del mes señalado, fui allanado brutalmente en mi habitación, por una treintena de policías premunidos con todo tipo de armas: esto significó balazos en la fachada de la casa, golpes bestiales, caminar dos cuadras con las manos arriba apuntado por una metralleta, pasar por la humillación de subirse al bus policial, tenderse boca abajo en el pasillo, ser insultado y detenido por causas inexplicables y absurdas, pero que formaban parte de un sistema que se imponía a sangre y fuego.

 La razón se convirtió en sinrazón y el miedo en pánico. El absurdo se convirtió en la norma y nada tuvo explicación lógica. Nos obligaron a eliminar los libros que motivaban nuestro quehacer académico en la Universidad de Chile, viéndonos forzados en muchos casos a destruirlos o a quemarlos.

 Después de la suspensión de todas las actividades académicas, fuimos testigos de apresamientos, falsos enfrentamientos, exoneraciones y exilios de compañeros de trabajo. Hubo censuras inquisitoriales a programas de estudio, diarios, revistas y libros. A modo de ejemplo, nos prohibieron la lectura de autores como Pablo Neruda, Federico García Lorca, Ernesto Cardenal, Mariano Latorre, Jaime Concha, Julio Cortázar e Isabel Allende y otros. Se nos prohibió también, nombrar al conocido poeta Gonzalo Rojas Pizarro que por esos días se encontraba en La Habana, cumpliendo funciones diplomáticas del gobierno encabezado por la Unidad Popular. Las reuniones y concejos obviamente fueron suspendidas. Las autoridades de la Universidad de Chile, Ñuble y también en el plano nacional, como se sabe, fueron removidas y en su lugar nombraron ignorantes designados por la dictadura para ejercer el control de las casas de estudio y eliminar su otrora inquieta vida intelectual y cultural.

 Todos corríamos peligro, en nuestras casas, en el recinto universitario, en la calle, en el país y donde estuviéramos. El derecho de todo ciudadano de ser libre lo habíamos perdido. Nuestro carné de identidad era retenido y debíamos retirarlo en el Regimiento, corriendo el riesgo de ser arrestado sin ninguna causa justificada.

 El miedo fue una intensa sensación que dominó nuestras vidas en los primeros años de la dictadura, porque existía la percepción de un peligro real y la creación poética caminaba en esa dirección:

 “El problema”

 El problema es el miedo

 (y ya se sabe cuál es)

 Ese que vive en el centro de la cabeza capitana

 El que tuve cuando quisieron

 Clavarme en la espalda el trébol de la mala muerte.

 El que tuve

 Y el que tengo al escribir estas líneas.

 El problema no es metáfora:

 El miedo es un temblor de hojalata

 En un aposento de cristales

 Y las sienes que tocan campanas de alarma

 O un pájaro negro picoteando gusanos de seda.

 El problema no es la semejanza con la metáfora

 No es la semejanza

 Es la exacta simetría de la verdad

 La misma que nos larga todos los días

 Un día más de salivazo.

 El problema es el desacuerdo

 Que nos impide juntar nuestros miedos…

 (Volcán Chillán)

 La bestial violencia atenta contra la esencia del hombre, su dignidad y sus derechos. Se hacía necesario aferrarse esos días y con los años a las palabras del último discurso del presidente Salvador Allende “  mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”  .

 El testimonio de aquel tiempo definido por el horror y el miedo motivó la escritura de la novela Tragar saliva, allí se lee:

 “Aquella era una época en que los hombres y las mujeres, por el miedo predominante, se refugiaban en el interior de sus pellejos y de allí no salían. Permanecían inmóviles, evitando pensar más allá de la cuenta y, sobre todo en ellos mismos, pues les asaltaba el temor de auscultar fríamente su propia inautenticidad o de constatar el engaño que practicaban en ese exterior artificioso que dominaba el medio social. Por lo tanto, cada vez que podían disfrazaban sus personalidades cubriéndose de máscaras teñidas de cinismo, hipocresía y vista gorda”.

 “Se acumulaban odios y reodios, viejas pasiones se convirtieron en frescas venganzas de poder. Todo se tornó rígido como la superficie del hielo, al igual que un río cordillerano, el país se congeló; sin embargo, el agua de la ira seguía arrastrando su caudal por las vertientes subterráneas del territorio. El cauce creció hasta romper las pesadas piedras frías que lo cubrían y, en ese mismo momento, las praderas secas en las que vivían los hombres del valle comenzaron a reverdecer nuevamente de esperanza”.

 En estas terribles circunstancias imposible olvidar a Paul Eluard: Libertad un poema que se hizo canción en la garganta de los chilenos:


 Nací para conocerte

 para cantarte

Libertad.

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