martes, 26 de febrero de 2013

El servil WOODROW WILSON...Primera parte

Hay un hombre que debe ser recordado como el MÁXIMO COBARDE de la Historia del Continente americano. Específicamente en norteamérica, me refiero al hombre (si a éste individuo se le puede denominar como humano) que traicionó a los estadounidenses al vender de por vida su futuro financiero; el responsable de la invasión del ejército de Estados Unidos en Veracruz de 1914 y que entró a la presidencia gringa muy convenientemente a los pocos días del Golpe de Estado del traidor Victoriano Huerta en México; por si aquello fuera poco hablo del que ganó el premio Nobel de la Paz por “interceder” al finalizar la Primera Guerra Mundial con sus sus puntos de la paz de 1919, y los cuales fueron los principales detonantes de la crisis económica  en Alemania, que empujó a los alemanes a aceptar el nazismo como medida para minimizar los catastróficos efectos del Tratando de Versalles. 

     Mi simpatía por éste último individuo es más que nula, de hecho el hecho de que la Universidad de Princeton tenga una facultad con su nombre es vergonzoso. Una vez en clase le dije al profesor que debieron quitarle el premio Nobel, ya que prácticamente sus puntos de paz fue la dinamita de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a WOODROW WILSON. 

     Enumerar sus crímenes es una labor simple, pero aunque no parezcan equiparables a los de otros traidores en el mundo, es responsable directo de la desigualdad económica en el hemisferio norte del continente americano. Para entender ampliamente a lo que me refiero he de explicar que desde su fundación hasta 1914, Estados Unidos mantuvo una política exterior aislicionista. Se mantuvo alejado de Europa y se dedicó a mantener su influencia dentro del mismo territorio,es decir, tierra firme NO ISLAS. Cuando se dieron los movimientos independentistas éste país se dedicaba a expandir su territorio hacia el oeste, posteriormente comenzó a invadir territorios mexicanos, asiáticos y caribeños.
Por el momento necesito despejar mi temperamento ya que en mi afán de relatar los hechos responsablemente, debo escribir con imparcialidad.

Certainly a must hate man...


domingo, 24 de febrero de 2013

En México se hace pure de papas

... o eso dice el Papa



Que dice que se cayo en México

El legado de Benedicto




Claro que Juan Pablo II supo esconder los delitos de Marcial Maciel




No solo de oro viven los Cardenales...por Pepe Angonoa

Papam non habemus


PEDRO MIGUEL

ADUJO PROBLEMAS DE EDAD Y SALUD, pero llama la atención que el primer papa dimitente en siglos sea, también, un pontífice sumamente inepto que causó daños severos a la Iglesia católica.

SI SE TRATABA DE LA RELACIÓN con otros cultos cristianos o con otras religiones, Joseph Ratzinger solía meter la pata y muchas de sus declaraciones, lanzadas desde la razón escolástica, si no es que patrística, causaron irritación justificada entre musulmanes, judíos y protestantes; en el ámbito político el ahora renunciante no fue capaz de formular una definición clara; en el terreno administrativo el Papa alemán mantuvo intacta, para mal, la proverbial opacidad del Vaticano, en un entorno planetario que reclama transparencia, y lo hizo en forma tan torpe que se le escaparon documentos escandalosos nada menos que por vía de su mayordomo, Paolo Gabriele.
En lo social el papado de Benedicto XVI ha sido tan repelente como el de su antecesor a los dramas causados en el mundo por el modelo neoliberal y se ha conservado como activo promotor de la discriminación contra las mujeres y las minorías sexuales.
Peor aún, a pesar de las fuertes declaraciones, la Iglesia católica no ha querido o no ha podido actuar con dignidad, verdad y justicia ante el patrón de abusos sexuales cometidos por miles de sus integrantes en contra de mujeres y menores de ambos sexos, lo que se ha convertido en una de las razones máximas del descrédito del clero afiliado a Roma.
Pero las mayores catástrofes del catolicismo en tiempos de Ratzinger ocurren en los ámbitos de la catequesis, la pastoral y el trabajo apostólico. El Vaticano ha abandonado a su suerte a los prelados y a las organizaciones católicas que buscan mejorar las condiciones de vida de los fieles y atenuar el sufrimiento social, y ha sido incapaz de enfrentar el avance de otros cultos y religiones en los mercados espirituales tradicionalmente católicos. En los casi ocho años del pontificado de Ratzinger, millones de católicos han transitado a las más diversas variedades de protestantismo, budismo e Islam, y muchos más han caído en garras de esas empresas trasnacionales que, disfrazadas de religiones, realizan negocios inescrupulosos aprovechando la credulidad y la ignorancia. Juan XXIII cimentó la influencia mundial del Vaticano en un sólido trabajo pastoral y en el aggiornamiento operado en el marco del Concilio Vaticano II; Paulo VI fue un político sensible y un promotor del ecumenismo; Juan Pablo II apostó al sex-appeal mediático para imponer sus posturas reaccionarias en todos los terrenos.
Benedicto XVI, en cambio, ha estado colgado de los clavos ardientes de un pasado autoritario y de un perfil de teólogo dogmático. En un mundo atenazado por la desigualdad y el hambre, la discriminación, la corrupción, los crímenes de guerra, las epidemias, la crisis ambiental, las recesiones y la globalización delictiva, Ratzinger optó por combatir al Demonio y al pensamiento liberal.
Es cierto que la edad y los achaques pesan y puede ser que esas sean las razones reales y únicas de la abdicación del alemán al trono de Pedro; puede ser incluso que haya tenido presente la agónica tortura de su antecesor, quien se veía obligado –por la burocracia vaticana y acaso también por sí mismo– a emprender viajes a remotos destinos trasatlánticos cuando lo que necesitaba era más bien el traslado a una sala de cuidados intensivos.
Pero podría ser, también, que la burocracia vaticana haya sopesado los saldos de desastre del papado de Ratzinger y que optara por hacer lo que hacen los consejos de administración con un gerente inepto: pedirle la renuncia. Por desgracia, no hay motivos para suponer que la opacidad característica del Vaticano se disipe a corto plazo y quién sabe si lleguemos a saber los motivos verdaderos de esta dimisión. Por lo pronto, no hay Papa.

Doscientos Años de los Sentimientos de la Nación


México ha dado al mundo personajes de gran valía, gente que realmente veló por el bienestar de los pueblos de América. Hemos de recordarlos como seres humanos, con las debilidades propias de nuestra condición, pero con cualidades que trascendieron y nos han forjado como país. El primer gran defensor de la condición humana en México era José María Morelos y Pavón, sacerdote natural del actual Estado de Michoacán. El primer Estadista de México, el General por excelencia y más importante aún, la persona que comprendió la IGUALDAD VERDADERA ENTRE LOS SERES HUMANOS. 

     Hombre cuyo pensamiento superó por mucho a los fundadores de los Estados Unidos de América o de la República Francesa. Ser que entendió la verdadera esencia del ser humano, aquél que no limitó el estatus de ser humano a quienes no eran miembros de la raza blanca. Un promotor del Laicismo en el Estado, alguien que promovió la fe (finalmente era sacerdote) rechazando los pagos de los fieles a la Institución Religiosa. 

     Otorgando claridad al pensamiento liberal carente de rapiña, presentando éste nuevo dogma ante el Congreso Constituyente de 1813 EN CHILPANCINGO (actual Estado de Guerrero). El Primer Dogma completamente democrático en la Historia del Continente Americano, y que sin duda incluso superó a George Washington y los Padres Fundadores Norteamericanos. Hablo sin lugar a dudas de los SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN. 

     Documento que expone de modo breve. pero contundente los Derechos del Ser Humano, limitando los poderes de la Iglesia y Extranjeros. Documento que supera por mucho a la Declaración de los Derechos del Hombre, Documento que evidentemente ilegitima al tiránico Destino Manifiesto de los Estados Unidos de América. 

    Ésta año se cumplen Doscientos años de éste documento que fue leído el 14 de Septiembre de 1813 por Juan Nepomuceno, Secretario del Congreso