miércoles, 28 de marzo de 2012

El arma más poderosa del mundo...un 5 % quinta parte

La insatisfacción creciente generó un movimiento ciudadano que creó un grupo de personas dispuestas a llegar al poder y cambiar las cosas. Lo llamaron “partido politico” y pidieron el apoyo de los ciudadanos para sustituir al gobierno vigente y arreglar la situación. Otras personas siguieron el ejemplo y fundaron nuevos partidos con propuestas distintas y el mismo objetivo, solicitando también el favor social. Hubo que convocar elecciones y, en efecto, los gobiernos tradicionales desaparecieron y fueron relevados por nuevos y carismáticos líderes. Pero las cosas mejoraron muy poco porque Rufus y sus socios seguían siendo los mismos: nadie había planteado sustituirlos y lo cierto es que solo aceptaban el relevo de personas muy próximas y formadas directamente por ellos para mantener el sistema tal cual. Además habían infiltrado a algunos de sus mas fieles siervos en todos los partidos políticos para tomar las riendas desde dentro. Estaban ya demasiado cerca de su objetivo de control completo de la sociedad para dejarse apartar a estas alturas.
    A través de sus instituciones legales poseían, directamente o a través de intermediarios, una parte importantísima de la riqueza real existente. Sin embargo, trabajaban ya contra reloj: empezaba a haber demasiada gente perjudicada por el sistema y era preciso silenciar sus quejas antes de que algún disidente tuviera mayor fortuna que sus predecesores y encontrara la forma de desmontar públicamente el gran tinglado. 

     Para acallar a sus críticos utilizaban las presiones financieras (todo el mundo necesita dinero para comer) y, en ocasiones puntuales, habían llegado a emplear métodos más brutales, pero necesitaban algo más. Así que Rufus y sus amigos fundaron o compraron los principales medios de comunicación (de todas las ideologías: izquierda, centro y derecha, para hacer llegar a todo el mundo su visión dirigida de la realidad) y luego seleccionaron con mucho cuidado a sus responsables para que fueran capaces de orientar a la opinión pública en la dirección deseada o bien para entretenerla con cuestiones sin importancia mientras ocultaban las informaciones decisivas. La mayoría de los profesionales que trabajaban en el sector no eran conscientes de hasta que punto eran manipulados por sus propios jefes. Los que se dieron cuenta callaron por temor a perder su trabajo en un sector en el que primaba una extraña y anómala precariedad laboral en comparación con otras profesiones. Lo cierto es que ayudaron a que la sociedad entera girara alrededor de Rufus y sus socios, que cada día controlaban más empresas en general y más ciudadanos en particular, incluyendo entre estos últimos a políticos, jueces, cientificos… e incluso a poderosos jefes de bandas criminales, pues sabían que las personas son muy frágiles cuando se pone la suficiente cantidad de billetes sobre la mesa (¿oro? ¿quién se acordaba a estas alturas de las monedas de oro?) o mediante becas, grupos de estudio, fundaciones, organizaciones sociales y otros proyectos de apariencia benéfica. 
     Todos trabajaban, queriéndolo o no, para mantener el sistema y para mantener la versión de que el sistema funcionaba a la perfección. Y si había disfunciones o errores, desde luego no se les podía achacar a los orfebres, que eran los que más duro trabajaban en beneficio de la sociedad entera, y por ello merecían todo tipo de honores, privilegios y galardones. La última fase era la toma definitiva del poder. Rufus y sus socios poseían numerosas oficinas de préstamos, algunas de las cuales competían entre sí de puertas para afuera, aunque en realidad y desde que firmaran su alianza secreta, todos la habían mantenido fielmente. Existía, además, un severo protocolo para hundir de inmediato a quien la traicionara o para quitar de en medio a cualquier advenedizo que pudiera introducirse en la organización. 

    El poder acumulado era tan inmenso que había llegado el momento de evitar tentaciones, y para ello diseñaron una nueva institución monetaria a la que llamaron Centro de Reserva o Banco Central del Continente, cuya función externa sería garantizar la estabilidad definitiva del sistema regulando el suministro de del dinero a través del control gubernamental. De esta forma, los gobiernos dejarían de relacionarse técnicamente con los orfebres: se entenderían con este aséptico centro a la hora de pedir sus prestamos, ofreciendo como garantía los impuestos de años sucesivos o los bienes que le quedaran al Estado. Los ciudadanos pensaron que el Centro de Reserva era una institución gubernamental (y a partir de entonces ya no quedó duda alguna a la hora de relacionar el manejo del dinero con sus gobiernos), aunque en su anónima junta directiva sólo se sentaban… Orfebres. Con su constitución se garantizaba en todo caso que el gobierno comería ya para siempre de manos de Rufus y los demás porque era imposible detener ya el volumen de sus préstamos e intereses sin colapsar la sociedad entera.  

 
      

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