miércoles, 28 de marzo de 2012

El arma más poderosa del mundo...un 5 % cuarta parte

Evidentemente todas las tribus se encontraban en una estado de caos absoluto,  tal y como lo vemos todos los días...

Acorralados por las demandas civiles, los gobiernos crearon programas de bienestar ciudadano, incluyendo la creación de empresas públicas para que los ciudadanos pudieran tener acceso de nuevo a un precio asequible a servicios como la medicina o las escuelas aunque carecían del mismo nivel y recursos que los profesionales del sistema privado. Al mismo tiempo crearon una ley de contribución para que todas las personas estuvieran obligadas a dar una pequeña parte del dinero que ganaban a los programas de bienestar general: es decir forzaban a los trabajadores a los que de por si y les costaba demasiado esfuerzo mantenerse en el sistema a pagar parte de lo suyo para ayudar a otros que no lo habían logrado, lo anterior les pareció un grave contrasentido e incluso se interpretó como un robo social. Sin embargo el gobierno contaba con un sistema de soldados y policías que obligaban a cumplir esta nueva recaudación, metiendo a la cárcel a todo aquél que se negaba. Además, gracias al dinero extra de la recaudación comenzaron actuar los programas de bienestar, que aliviaron la situación...durante algún tiempo.

 
      Pronto fueron necesarios más recursos y más funcionarios para administrar la creciente máquina en construcción de un Estado en el que cada vez más actividades requerían ser controladas para evitar disfunciones. Eso significaba más prestamos, pero los gobiernos, que ya estaban endeudados como institución, no querían incrementar el nivel de su débito y, angustiados, acudieron una vez más al infalible oráculo de Rufus y sus socios. Éstos escucharon sus quejas con la tranquilidad del que contempla cómo un largo y meditado plan quema una etapa tras otra de acuerdo con lo previsto y respondieron a los gobiernos desplegando ante ellos un brillante futuro si eran capaces de crear e imponer impuestos regulares para mantener dichos servicios. No se trataba ya de exigir una derrama para resolver un asunto concreto sino de introducir un sistema de tasación graduado, obligatorio y perenne para garantizar un flujo perpetuo de dinero a los gobiernos. Los gobiernos tendrían que ampliar su control sobre los ciudadanos, de forma que cada uno de ellos pasara a formar parte de una estadística elaborada en la que se describieran con detalle sus bienes, recursos y ganancias -su potencialidad económica-, además de sus datos personales, para controlar el cobro y castigar a los rebeldes.
     Los que mas tuvieran deberían aportar más de acuerdo con esta clasificación. El sistema debía de ser muy bien explicado y promocionado a la sociedad para evitar una negativa generalizada, aunque lo más probable era que los gobiernos se aseguraran en seguida el apoyo de la mayoría -los que disponían de menores ingresos-, que verían en la nueva regulación un reparto más justo de la riqueza. Si aún así encontraban demasiada contestación, siempre podían echar mano de los guerreros (policía y ejercito) para imponerlos por la fuerza.


     Parecía la única salida razonable y, además, consecuente con el principio de que todos los miembros de la comunidad eran iguales ante la ley y debían contribuir al bienestar general en la medida de sus posibilidades (por supuesto y para evitar su propia gruesa contribución, los orfebres, que eran los miembros más ricos de la sociedad, ya habían distribuido previamente sus propios y lujosos bienes a través de una telaraña de empresas y fundaciones de manera que, técnicamente, no les pertenecían, aunque eran los únicos de facto que los disfrutaban). Los gobiernos se retiraron agradeciendo la perspicaz solución a Rufus y sus socios, aunque éste, antes de irse, les recordó la importante suma de dinero que debían como instituciones y les anuncio una nueva medida de gracia tomada por los orfebres: ante la delicada situación que atravesaban los gobiernos, de momento no les cobrarían mas que los intereses, dejando el capital de la deuda para más adelante.
    Decididamente, pensaron los regidores, el primero de los orfebres era un gran hombre, un mecenas de la humanidad, e institucionalizaron los impuestos, que en el proceso de acción-reacción del sistema se multiplicaron más allá de lo imaginable. Se introdujeron impuestos sobre las nominas de los trabajadores; sobre las infraestructuras del transporte; sobre la compra o adquisición de una casa y, luego, por vivir en ella; sobre la adquisición de un vehículo, sobre su posesión, sobre el combustible utilizado, sobre la circulación con él, sobre su acceso a determinadas zonas de las ciudades, sobre su estacionamiento y hasta por desprenderse de él para venderlo a otra persona; impuestos que alcanzaban incluso a los productos básicos para la subsistencia, como el agua o el pan. Impuestos y más impuestos sobre todo aquello que se pudiera comprar o vender, sin importar su tamaño, origen o precio.
    Todo el mundo pagaba impuestos continuamente porque cada vez que compraba cualquier cosa imaginable, una parte del precio se destinaba a la recaudación impuesta por los gobiernosy, al final de la cadena, al interés. Y cada año, Rufus y sus socios repetían el ritual acudiendo puntuales al cobro de los prestamos, aunque en el caso de los gobiernos seguían contentandose con cobrar los intereses por aquello de ayudar a la gobernabilidad general. Pese a lo cual, cada vez era preciso dedicar más dinero de los impuestos al pago de una deuda que nunca desapareció, ya que periódicamente los gobiernos solicitaban extras (para pagar la construcción de infraestructuras necesarias, para hacer frente a una hambruna inesperada por malas cosechas o por la simple corrupción de algunos de sus miembros).

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