martes, 14 de febrero de 2012

Cuidado con la loca Zulley

Una historia que cuenta algo más que un corazón roto, la desventaja de no avisar a tiempo así como el castigo para quienes ponen los cuernos. Buena leyenda que me mandaron desde San Luis Potosí...

Nacida en un hogar de posición económica desahogada, era la segunda de tres hijos: el mayor fue un varón que a temprana edad dejó esta vida; Bertha, la menor y única hermana de Claudia, era su amiga y confidente, la llamaba Betty, de cariño. Siendo aún pequeña perdió a su padre,
Cuando cumplió Claudia dieciséis abriles, era una linda mujercita de luminosos ojos azules, blonda cabellera, la bondad se reflejaba en su rostro. Graciosa, despreocupada, amorosa y de una rara sensibilidad, le afectaban todos los acontecimientos, ya fueran alegres o tristes. Fue entonces cuando conoció al que sería su amor. Rodolfo era un estudiante de buena presencia, todo un galán, aunque de pocos posibles pues vivía en la misma escuela donde estudiaba; su edad frisaba entre los diecinueve y veinte años, no se le conocía familia, porque sin dudad era de otras latitudes. Claudia y Rodolfo seguramente se conocieron en alguna reunión familiar; su noviazgo se prolongó por muchos años, durante los cuales mucho se amaron, en verdad. Ella lo quiso con vehemencia y ciegamente, al grado de advertir en él todas las virtudes de un noble caballero, los conocimientos de un sabio, las cualidades de un gran hombre; en fin, para ella era lo máximo.
 ella y su hermana se refugiaban en un rincón de la casa, lugar florido donde había un banco de piedra semicircular; allí se sentaban horas enteras a platicar, saboreando alguna golosina. Una de esas veces Claudia le dijo a su hermana:
- Pronto voy a contraer matrimonio y sentiré mucho dejar nuestra casa y sobre todo separarme de ti, de mamá; pero como tú también tienes novio, aunque no me has ocultado las penas que te causa el comportamiento de Braulio, creo que ya casados vivirán felices.
- No estoy lo que se dice, locamente enamorada de él, pero creo que lo quiero lo suficiente para hacerlo mi esposo y vivir en armonía.
Era una luminosa noche de octubre, la luna brillaba en su esplendor y Rodolfo, ante la reja de la alcoba de su amada le decía:
- Hace tiempo llevo conmigo éste anillo que perteneció a mi abuela y me regaló mi madre; ahora te lo entrego en prueba de mi amor.
Rodolfo puso en el dedo anular de la mano izquierda de Claudia el anillo y le sujetó la mano durante mucho tiempo; en tanto ella le decía:
- Siempre lo llevaré conmigo, toda, toda mi vida.
- ¿Me amarás como me amas ahora, suceda lo que suceda?
- Te amaré eternamente como ahora, porque no creo que haya forma de amar más de lo que ahora te amo. Yo en cambio, nada te pregunto, porque si dudara de tu amor en el futuro, empezaría a llorar en este instante.
Al tiempo que lo decía lo besaba en los ojos, en las mejillas y por fin en los labios.
Muchas citas como ésta hicieron las delicias de los enamorados; también salían con frecuencia a divertirse, iban al cine, al teatro, a diversos lugares.
Una noche, en uno de esos encuentros felices, Claudia le dice a Rodolfo:
- Tengo algo que informarte.
- ¿De qué se trata?
- Pues un amigo de mamá, que es escultor, me pide que pose para él porque tiene el encargo de hacer nada menos que la Virgen de la Soledad y dice que mi rostro le parece bien para su propósito.
- Pero, ¿por qué la Virgen de la Soledad? Si tú tienes siempre compañía, y, sobre todo, me tienes a mí.
- Es que no esculpirá mis sentimientos, sino sólo mi rostro, pero claro, yo le dije que le resolvería después de consultarte. ¿Qué te parece?
- Estoy de acuerdo, mi amor, no le costará mucho trabajo, puesto que esculpirá el rostro de la Virgen copiando el de otra virgen. 
Pasaron los días, los meses, los años, y por fin una mañana, coincidiendo con la fecha del nacimiento de Claudia, su casa lucía con adornos y flores blancas; todo era ir y venir, entrar y salir, era el acontecimiento del siglo: ¡Claudia se casaba! La boda se celebraría a las 12:00 horas en el templo de San Miguelito, del Barrio del mismo nombre. A las 11 de la mañana, la casa era pequeña para contener tanta gente que se había dado cita para asistir a la boda. .
Ya muy cerca de las doce Claudia se encaminó a cumplir su juramento de amor ante Dios. Rodolfo aún no llegaba, cosa que molestó a la novia, aunque lo disimuló muy bien. Sonó la última campanada de la tercera llamada a la misa y el novio no aparecía aún.
Claudia no estaba intranquila, sino molesta, pues tenía la certeza de que su amado llegaría. Media hora más tarde todos mostraban apuro y pena; ella estaba terriblemente apurada, suponiendo que algo muy grave ocurría a su novio. , Claudia exclamó:
- ¡Rodolfo ha muerto! Sólo así pudo haber faltado.
La madre de la novia no lloraba aún para no mortificar más a su hija. No hubo boda. Aún Claudia tenía puesto su vestido blanco y fino velo de tul que dos pajes seguían sosteniendo, cuando su madre quiso quitarle la corona de azahares; ella no lo permitió, cosa que a muchos extrañó, y más se extrañaron cuando con voz clara y alegre dijo:
- Vayámonos a casa a comer y a beber, porque tenemos muy buen vino.
Los familiares y amigos íntimos la acompañaron a casa, pero ella reclamaba la presencia de los demás, como si todo fuese normal; los hizo pasar a la mesa donde saborearon viandas y brindaron; la novia levantó su copa y dijo "¡Por este día feliz!". La concurrencia brindó preguntándose por qué sería feliz.
Quizá en Claudia nunca se eclipsó la felicidad porque en el atrio del Templo de San Miguelito a la una y media de la tarde, había perdido la razón. Casi al término de la "fiesta", al despedirse de una de sus amigas más íntimas, se empeñó en acompañarla hasta su casa, aún ataviada con el traje nupcial y la corona de azahares; en cuanto llegaron, le dijo: - Me voy, porque Rodolfo me espera.
Su amiga no pudo contener las lágrimas, y llorando la llevó a su domicilio: calle de Zamarripa No. 21.
Trataron a Claudia muchos médicos que ella rechazaba por regla general, asegurándoles que no estaba enferma.  La Loca Zulley nunca se mandó a hacer ropa nueva, pero vestía muy elegantemente con las prendas que sus amigas le obsequiaban, lo mismo que otras damas le regalaban su guardarropa; poseía muchos vestidos y adornos, pero no sabía escoger las prendas adecuadas para cada caso.
Desaparecida su madre quedó sola, jamás quiso vivir con algún pariente, pero sus amigas no la abandonaron; así mismo, una Institución Cristiana, La Conferencia, la protegía y ayudaba.
Por muchos años La Loca Zulley paseó por las angostas calles de San Luis con su peculiar vestimenta, que la distinguía, siempre andaba de gala vestida; sobre todo, siempre llevaba el sombrero de ala ancha. El anillo de piedra negra acerina, jamás se lo quitó;
La gente se asomaba a las puertas o a las ventanas y al verla pasar decía:
- Ahí va La Loca Zulley.
Desde el principio de su locura, aún joven y bella, cuando se encontraba con algún hombre que le agradaba, lo detenía, diciéndole: "Rodolfo, llévame a tomar algo, un refresco o lo que sea". Y "Rodolfo" la llevaba. A cualquier hombre con quien ella hablaba, porque le gustaba, lo nombraba Rodolfo, con esa naturalidad con que se habla a una persona amada y conocida. En muchas ocasiones disfrutó la dicha de estar con "Rodolfo", que para ella, sin duda alguna, era su amado.
Los primeros Rodolfos se la disputaban como exclusiva y solían estar con ella por temporadas; mas ocurría que en un momento los desconocía como si jamás los hubiera visto y no había poder humano que la hiciera volver a ver a quien ya no deseaba. Había "Rodolfos" muy gentiles que para no perderla pronto la llevaban fuera de la Capital Potosina, a algún municipio o tal vez a otra ciudad, mas Claudia siempre regresaba a su casa, con él o sin él.
Se dice de un caballero que llegó a quererla en verdad; la protegió y trató de divertirla; no obstante, al convencerse de que él sólo estaba usurpando un nombre, después de varios desprecios y desconocerlo en repetidas ocasiones, dicho caballero optó por dejarla
Cuando ya vieja entregó su alma al Creador, como mortaja la vistieron con el lujo y elegancia que ella siempre acostumbró. Fue sepultada en el panteón denominado "El Tecuán" que posteriormente demolieron para construir viviendas y el Centro Escolar Manuel José Othón; cuando derribaron los monumentos funerarios, excavaron las tumbas, quedando al descubierto las osamentas. La gente buscaba entre los escombros objetos de valor; muchos encontraron joyas, piedras preciosas, oro y monedas. Don José Lachica, un joyero relojero que tenía su negocio en "La Merced", se encontró una piedra negra acerina engarzada en oro blanco y como el anciano debía una presea a la Virgen de la Soledad, la llevó al Templo del mismo nombre, poniéndola a los pies de la Virgen, quien ahora lo porta en el dedo anular de la mano izquierda.
Se cuenta que cuando ella se daba cuenta de que los hombres que se hacían pasar por Rodolfo, les arañaba el rostro y maldecía con lo siguiente: los infieles a sus parejas, ya fuesen hombre o mujer perderían la razón y  nunca serían amados...

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